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LOS BIGOTES DEL GATO "Para unos la vida no es más que un simple garabato hecho por un niño: líneas trazadas al azar; para otros tiene una forma definida y predeterminada por lo que ellos llaman "el destino". Esta es una historia sobre el azar con forma definida: los bigotes del gato"
1. Un jueves cualquiera, a las ocho de la tarde. Helen observa con resignación el montón de prendas que se apila sobre el cesto de la ropa, resopla y continúa planchando. El marido ve la tele, y el hijo, de siete años, merienda a su lado, en la mesa del comedor. El tiempo corre con la misma lentitud que la ropa pasa del cesto a la tabla de planchar y de la tabla de planchar al armario. Helen, que tiene treinta y seis años, el pelo rubio, liso, hasta los hombros, con el borde ondulado, ojos grandes, de un profundo verde azulado, piel blanca y mejillas sonrosadas, reprime un bostezo. Por una calle del centro, hablando por teléfono y gesticulando con el brazo, camina José Luís. Es arquitecto, cuarentón, buena planta, soltero, canoso seductor, hombre templado, educado y de costumbres rutinarias. Al otro lado de la línea, su novia, con la que discute por un tema que no viene al caso. Mientras habla la línea se corta. Jose Luís levanta el fino alambre de sus gafas y se repite a si mismo, asombrado: me ha colgado. Irene se muerde las pieles que se le forman alrededor de las uñas mientras su profesor de historia sisea el mismo rollo aburrido y somnoliento de todos los días sobre la tarima de clase. Irene tiene dieciocho años, un cuerpo menudo y resultón, de curvas pronunciadas, el pelo largo, ondulado y oscuro, y una sonrisa tímida y jovial. Un doble pitido le indica que acaba de recibir un nuevo mensaje en el móvil. Deja de morderse, mete la mano en el bolso y lo desconecta. Sergio coge una hoja y escribe:
REPARADO. AVISAR CLIENTE y la pega con celo en el panel frontal del pc. -El cliente está avisado; pasará mañana a recogerlo- se oye desde atrás. Sergio se gira hacia su compañera. -¿Lo llamaste tú? -No. Llamó él. Le dije que pasara mañana, que ya estaría reparado. Sergio arranca la hoja y corrige: REPARADO. AVISAR CLIENTE CLIENTE AVISADO Sergio, informático, veintiséis años y novio de Irene, coge su mochila, se despide de su compañera y se va. Su jornada laboral acaba ahora. Por el camino saca el teléfono de la mochila y escribe un mensaje a su novia: "Mañana es el día ¿estás segura de querer hacerlo?" Arturo mira a su médico y sonríe en un vano esfuerzo por ocultar su preocupación, de hacerse el valiente. Tiene treinta y cinco años, y, según el médico, no llegará a cumplir los treinta y seis. Es comercial de una empresa, separado hace ahora dos años. Tiene el pelo corto, rubio, con profundas entradas en la frente, nariz pequeña, labios finos y ojos azules, algo pequeños y achinados. Arturo sale de la consulta, coge una moneda, la lanza al aire y la coge al vuelo. Se queda pensativo y al rato la mira: cara. Alguien se sienta en el banco de un parque, abre un libro por la página ciento catorce, cruza las piernas y comienza a leer: "-Me hicieron más cosas -continuó explicando ella-, pero quizá se escandaliza usted. -En absoluto. Cuente, cuente... -Pues pasado un tiempo, cansados de joder de todas las maneras habidas y por haber, los tres muchachos decidieron comprobar el número de lápices que cabían en mi coño y en mi ano al mismo tiempo, surgiendo de ello una peculiar apuesta: cuando mis dos agujeros dejaran de ceder, sería imposible seguir introduciéndome más lápices, y al primero que le fuera imposible introducirme un nuevo lápiz, ese perdería, y los lápices de mi ano pasarían al suyo, no sin antes chuparlos, fueran los que fueran. Si a mí me cabían… ¡a él también! Fue muy divertido y excitante. Uno de los chicos comenzó a escupirme en el coño para lubricarlo y poder introducirme un nuevo lápiz, pues mi ano ya no daba más de si, ¿se lo imagina? ¡el grosor de todos los lápices juntos superaba el diámetro de un bate de baseball! -Asombroso…" 2. Una semana antes. Es la una y media de la madrugada. Helen, tumbada en el sofá, mira una película que dan por televisión. La protagonista camina por un callejón oscuro. De repente, y de forma previsible, es asaltada por dos individuos que la empujan contra la pared. Ella se resiste; aún así, mientras uno la sujeta por las muñecas, el otro le introduce la mano por debajo de la camisa. Helen mete la mano por debajo del pantalón elástico y las bragas, peinando con los dedos los bucles de su vello hasta llegar a la parte blanda de su sexo. A la chica de la película le han destripado la camisa y tiene ahora los pechos por encima del sujetador. A Helen le palpita el pecho y se le humedece el sexo. Se acaricia el clítoris con el dedo. Poco a poco comienza a frotarse. Uno de los hombres da la vuelta a la protagonista de la película, la presiona contra el muro del callejón, le sube la falda y le baja las bragas hasta las rodillas. El hombre se desabrocha el pantalón con una mano. Helen oye un ruido en el pasillo. Frena bruscamente sus caricias y cambia rápidamente de canal. Mira al pasillo: la luz continúa apagada y no se oye nada. Falsa alarma. Vuelve la vista al televisor: una pareja mantiene una conversación en el coche mientras él conduce. Helen, decepcionada con la escena, se frota los ojos y se levanta. Se dirige al cuarto donde tiene el ordenador, se sienta y lo enciende. Mueve el cursor del ratón de un lado a otro de la pantalla. Comienza a navegar y entra en una página de recetas. Le aburre. Se pasea por otra de informática. Todo le suena a chino. Entra en un foro. Siguiendo un mensaje de éste, acaba en la guía de ocio de su ciudad: cines, teatros, bares, fiestas... Clica en "fiestas-erótica". Fiestas y despedidas, Ambiente liberal, apartamentos, relax-masajes... Clica en Ambiente liberal. Aparecen los anuncios de tres locales. Clica sobre uno de ellos: barra de bar, pista de baile, salones privados, parking privado... Helen baraja la posibilidad de acudir a uno de estos locales. La idea le excita y fantasea con ella. Al rato apaga el ordenador. 3. ocho días más tarde, viernes. Helen acompaña a su marido hasta la puerta. -¿Podrás recoger esta tarde al niño del colegio?- pregunta Helen- me gustaría pasar un par de días con mi hermana. -Claro que sí. ¿Se encuentra bien? -De aquella manera... ya sabes. -Bueno... le das un beso de mi parte cuando la veas. Me voy que llego tarde, nos vemos mañana- dice, alejándose-, y no te preocupes por el niño, yo paso a recogerlo. Una hora y medía más tarde se viste, despierta al hijo, le da el desayuno y lo lleva al colegio. Después se dirige a casa de su hermana. Pasa el día con ella. Al caer la noche llama por teléfono a su marido. Cerca de las once, cuando ambas están apunto de irse a la cama, Helen dice: -Necesito tomar el aire. Me apetece salir a dar una vuelta. -¿Ahora?, es un poco tarde, y estoy muerta de sueño. -No te preocupes; ve a dormir; posiblemente llame a una amiga para tomar algo. La hermana de Helen contrae las cejas, señal de desconcierto, pero está muy cansada y prefiere no hacer preguntas. -Está bien, como quieras. Helen, vestida con falda beige y camisa blanca, coge el coche y se dirige al centro de la ciudad. Mete el coche en un parking, el del anuncio, y sale a la calle. Enfrente queda la entrada del local de intercambio. Está nerviosa. Su corazón late con fuerza. Vacila unos segundos. Se le despierta un sentimiento de culpa y decide dar media vuelta, volver a su vida rutinaria y olvidar lo sucedido, borrar de su memoria este momento. Cierra los ojos y deja que sus pies la arrastren hasta la entrada del local. Un portero le abre la puerta. Entra. Aún puede volverse atrás, pero ahora, dado el primer paso, le resulta más difícil. En el interior la luz es suave y la música tranquila. Hay varias parejas repartidas por el local, unas sentadas a la barra, solas, otras sentadas en unos rincones provistos de sofás en forma de media luna. También hay alguna persona sin acompañante, todos hombres. Se sienta a la barra y pide gin tónic. Al rato se le acerca un hombre de mediana edad, con gafas, calvo. -Buenas noches ¿viene usted sola? Helen asiente con la cabeza. -¿Puedo invitarla a una copa? -Por ahora no, gracias. -Como quiera, en otra ocasión tal vez. Helen le sonríe y vuelve la mirada a su copa. Se siente incomoda en ese ambiente. No es lugar apropiado para una persona como ella. No mucho más tarde otro hombre se acerca a la barra, junto a Helen, y pide vodka con lima. Helen lo mira de soslayo: es atractivo, de pelo cano, elegante. Se diría que es abogado, o ingeniero. -¿Le gustaría acompañarnos? estamos allí sentados. Y señala un rincón donde hay una puerta entreabierta. Helen titubea un instante. Finalmente asiente con la cabeza, coge su copa y lo sigue. Entran en la sala. Es pequeña y está poco iluminada. Un sofá de media luna y cuero negro llena la estancia. En medio hay una mesa de madera redonda. De la pared cuelgan dos lámparas que apenas iluminan los rostros de las tres personas que allí se encuentran, en este orden, sentadas: Irene, Arturo y Sergio. Irene observa a la recién llegada con ojos curiosos al tiempo que José Luís la invita a sentarse junto a Sergio. Helen deja la copa sobre la mesa y se sienta; Jose Luís la imita, sentándose junto a Irene. -Presentaré...- dice José Luís- ella es Irene, él es Sergio, éste es Arturo, y yo soy José Luís. Menos ellos (señalando a Sergio y a Irene), que son novios, el resto no nos conocemos de nada. ¿Y usted se llama...? -Helen, me llamo Helen. Se hace el silencio, como esperando algo más. -Estoy casada, pero mi marido no sabe que estoy aquí- añade Helen Mientras dice ésto se percata de que a Irene se le asoma un pecho por la camisa medio abierta. -No se preocupe, ninguno de nosotros se conoce fuera de esta sala. José Luís, que está sentado junto a Irene, le agarra la camisa y la desliza desde los hombros hasta la cintura, dejando todo su torso desnudo y continúa diciendo: -Nadie pide permiso para hacer nada, y nadie está obligado a hacer nada que no quiera hacer. Helen asiente con la cabeza sin retirar la vista de los pechos de Irene. Los tiene pequeños y erguidos, con los pezones discretos, ahora duros y sensibles. -¿Le gustan?- pregunta José Luís a Helen- podrá probarlos si quiere, del mismo modo que Irene podrá probar los suyos... si usted quiere, claro está. Irene regala una tierna sonrisa a Helen. Arturo se inclina hacia Irene y le besa el cuello. Helen se imagina haciendo algo que nunca antes ha hecho: chupar los pechos de una mujer. De joven, fruto de un juego, besó a otra chica de forma breve y superficial; pero hasta el día de hoy, esa había sido su única experiencia con otra mujer. Continúa observando la escena y su excitación aumenta. Aprieta las piernas para intentar controlar el hormigueo que siente en su sexo. Arturo y José Luís manosean las tetas de Irene. Jose Luís, con la otra mano, le acaricia la parte interna del muslo, introduciéndola poco a poco por debajo del vestido. Irene, que no lleva bragas, mira fijamente a su novio mientras los dos desconocidos exploran y manosean su cuerpo. La mano de Jose Luís llega a su coño y lo acaricia. Irene cierra los ojos, levanta la cabeza y deja escapar un gemido: Ahhh. Mientras tanto, Sergio, sin dejar de mirar a su novia, le pasa el brazo por el hombro a Helen. Ésta se estremece sin perder de vista a Irene. Va a serle infiel a su marido, y ello le despierta un huracán de sensaciones contrariadas. La mezcla le gusta, le gusta mucho, la excitan y le despierta los fluidos de su sexo. Siente una mano que se desliza entre sus piernas hacia arriba, por debajo de la falda. Ella las abre para facilitar el recorrido, pero se da cuenta que tiene las bragas empapadas y se ruboriza. Cierra las piernas. La mano queda atrapada entre los muslos. Sergio inclina la cabeza y le besa el cuello, recorriéndolo con la lengua. -Levanta, vamos a desvestirte- dice José Luís. Irene se pone en pie y sus dos acompañantes le retiran la falta y la camisa. La estiran sobre la mesa, con las piernas colgando. Arturo se coloca entre sus piernas y le observa el coño: sobresalen de él unos labios finos, bordeados por un vello oscuro. Arturo los separa con la mano, los acaricia, mete un dedo y frota. Comienza a humedecerse. Saca el dedo, ahora impregnado de fluido vaginal, lo lleva a la entrada más estrecha de Irene y la acaricia. Mientras tanto, Jose Luís le acaricia y le succiona los pechos. El olor a sexo impregna el ambiente. Helen cierra los ojos. Sergio le retira el pelo que cubre su oreja y la chupa. -Helen desprende un calor intenso, mezclado con un aroma suave, dulce y adictivo. A Helen se le despierta un cosquilleo en la boca del estómago que no puede controlar. Vuelve a abrir las piernas y la mano de Sergio continua su ascenso. La mano roza la parte húmeda de sus bragas. Helen se echa para atrás. Abre los ojos y ve a Irene tumbada sobre la mesa, con las piernas abiertas, mientras Arturo hunde entre ellas la cabeza; Ella arquea la espalada al notar la lengua entre sus carnes, separándola de la mesa y elevando los pechos. José Luís, de pie junto a la mesa, se baja los pantalones y los calzoncillos, liberando su polla erecta, una polla bien proporcionada, de largura media y grosor considerable. Ladea la cabeza de Irene que, al ver la polla frente a ella, abre la boca. José Luís, sin soltarle la cabeza, le introduce la verga (la mitad, más o menos). Los calambres de Helen aumentan de manera descontrolada. La mano de Sergio continúa acariciando su sexo por encima de las bragas. De pronto siente una presión en la nuca que la obliga a girar la cabeza e inclinar el torso. Al girar la vista observa que su compañero tiene la polla fuera y que éste le empuja la cabeza hacia ella. Helen traga saliva, consciente de que la polla de ese desconocido está apunto de colarse dentro de su boca, la misma boca cada mañana besa a su marido e hijo. Sus labios chocan con la punta de la polla, cierra los ojos y abre la boca al mismo tiempo. Ésta se introduce, y Helen no puede evitar sentirse como una zorra. Sergio, que sujeta con ambas manos la cabeza de Helen, le marca el ritmo del movimiento, arriba y abajo. Helen levanta la lengua para sentir la fricción de la polla con ésta, lo que aumenta la sensación placentera de Sergio, que, sin dejar de observar a su novia completamente entregada a aquellos dos desconocidos, incrementa la velocidad de sus brazos. Helen rodea la parte baja de la polla con los dedos índice y pulgar y comienza a frotarla. Al poco se hincha entre sus dedos. Está a punto de estallar, y pensar en su boca inundada de semen la excita hasta tal punto que siente uno deseo inmediato de ser penetrada. Sergio la detiene antes de correrse. Helen se incorpora. Observa que todos, menos ella y Sergio, se han deshecho de sus ropas. Sergio se desviste, y cuando acaba le dice a Helen, buscando el cierre de su falda: -Yo te ayudo. Una vez desnuda, Sergio busca algo entre su ropa. Saca del bolsillo de su chaqueta un pañuelo de color negro. Helen lo observa. -Cierra los ojos, voy a vendártelos- dice Sergio. Helen cierra los ojos y Sergio se los cubre con la venda. Irene suelta la polla de Arturo y se queda sentada sobre la mesa. -Ven, acércate - indica Sergio a su novia. Irene se sienta frente a Helen, apoyando los pies sobre el sofá, con las piernas abiertas. Sus pies rozan las caderas desnudas de la mujer que tiene frente a ella, con los labios trémulos y los ojos vendados. Como una ráfaga de viento helado, por la mente de Helen se suceden las imágenes de su lengua paseando por un sexo femenino. ¿A qué sabrá? ¿qué tacto tendrá? se pregunta Helen. Sergio coloca la mano en la nuca de Helen y la empuja hacia a Irene lentamente. Finalmente, el rostro de Helen choca con el sexo de Irene, e instintivamente saca la lengua. Embargada por una excitación intensa, lame como lame un perro la mano de su amo. Está húmedo, su sabor es fuerte y salado, y su tacto suave y viscoso. Helen no acaba de creerse lo que está haciendo: algo que en un principio debería causarle un profundo rechazo, le despierta una gran excitación. Mientras chupa, unas manos levantan sus caderas, abre sus nalgas y acarician su coño. La respiración de Helen se acelera. Sabe que en esa posición está expuesta a que se la folle cualquiera. La idea la excita sobremanera y su coño se empapa todavía más. Irene agarra la cabeza de Helen y la agita entre sus piernas. Que chupe, piensa Irene, que chupe y trague, que a la muy zorra parece gustarle. Helen ya no bosteza; se deja arrastrar por las nuevas sensaciones que experimenta, por las personas que la rodean, por el momento, por la situación, y goza como nunca antes lo había hecho. Sabe que uno de los presentes la penetrará, y luego tal vez lo hago otro, y después otro, y acabado éste último vuelva el primero mientras ella continua chupando el líquido que se desprende del interior de Irene. A ella le gusta. Lo prefiere (conclusión a la que llega en este preciso instante) al semen del hombre, pues éste le deja la boca reseca y áspera, y su sabor le resulta más desagradable, aunque no por ello le resulte menos excitante. La mano se retira del coño de Helen. Es el momento. Uno de los presentes va a penetrarla. No quiere saber quién (algo que propicia la venda que lleva puesta en los ojos), pues no saberlo la excita aún más. De repente siente algo en la entrada de su coño. Ya está, piensa, me van a follar. Las manos agarran con fuerza sus caderas y pronto comienza a sentir como sus carnes se abren al paso del intruso. Helen es follada durante diez minutos. Quien la está penetrando se retira para ser remplazado por un nuevo miembro. Helen deja de lamer: sus gemidos, que son cada vez más intensos, y el cansancio de su lengua le impiden seguir. Levanta la cabeza y la apoya en el muslo de Irene. Ésta le sujeta la cabeza y le acaricia el pelo, cariñosamente, de forma afectiva, pues sabe que la pobre será follada por todos durante bastante rato y acabará exhausta. -Te quieren más a ti que a mí- susurra al oído de Helen; aunque ésta no parece oírla. -Ahh... Ahh... no puedo más... – balbucea Helen, entre gemidos. -Vamos cariño, queda poco ya- la consuela Irene Pasa el tiempo y todos acaban gozando del cuerpo de Helen, que derrotada, se deja caer sobre el sofá. Todos se sientan durante un rato y descansan. Pasado un breve periodo de tiempo, José Luís se tumba encima de la mesa y le pide a Helen que se coloque sobre él. Ella accede a la petición y se sienta encima de su miembro, de rodillas, con las piernas abiertas y de espalda a la puerta. Lo agarra con la mano y se lo introduce. Comienza a moverse sobre él, cada vez más rápido. Poco a poco va perdiendo el aliento, se va quedando sin aire, jadea y su pecho se hincha y se contrae con desesperación. Sin dejar de moverse, agotada, deja caer su cuerpo sobre el de Jose Luís. En frente suyo tiene a Irene, a cuatro patas sobre el sofá: delante tiene a su novio, al que le chupa la polla; mientras que Arturo está situado tras ella, embistiéndola enérgicamente. Alguien entra en la estancia y nadie dice nada. Alguien tiene en frente suyo el hermoso trasero de Helen moviéndose sobre José Luís. Se acerca a él, se humedece el dedo y le acaricia el ano. Helen no puede evitar sentirse preocupada al notar la mano extraña hurgando en su culo; pero no le importa, es más, por su cabeza corre la idea de ser penetrada por ese lugar, ser sodomizada, y ello le despierna nuevos calambres en la boca del estomago, lo que hace que le vengan ganas de correrse. Alguien (el desconocido) presiona el dedo que se pierde en la cavidad. Helen, que rodea con los labios la polla de Arturo, los separa y deja escapar un gemido. Pronto el dedo abandona el estrecho canal. Algo más grueso pretende sustituirlo y comienza a hacer presión en ese pequeño botón con estrías de color rosado que Helen tiene a pocos centímetros de su coño y que nunca ha sido penetrado. Me dolerá, piensa Helen, y quizá no me guste. Siente un fino pinchazo. Sus glúteos se tensan. La polla se retira y un dedo vuelve a invadir sus entrañas. Alguien se lleva el dedo de la otra mano a la boca, lo ensaliva y lo inserta poco a poco en el culo de Helen, junto al otro. Los dos dedos entran y salen, dilatando la entrada. Pasado un rato los retira y vuelve a colocar su polla en la entrada del ano. Empuja. Su polla se adentra tímidamente. Empuja un poco más, y Helen nota como sus paredes se abren y abrazan al nuevo miembro. Me va a partir, se asusta Helen. Alguien (el desconocido) empuja y de un golpe la encula. Helen deja escapar un grito de dolor y gozo al mismo tiempo; se siente cada vez más llena, más guarra, más puta. El recién llegado arremete contra ella con fuerza. Helen no puede más, va a correrse. Finalmente contrae todos los músculos de su cuerpo y estalla en un tremendo orgasmo. La escena se va deshaciendo poco a poco. Pasado un rato... Irene y Helen se sientan sobre la mesa, con las piernas abiertas. Alguien penetra a Helen mientras Jose Luís hace lo mismo con Irene, ambos de pie frente a ellas. Sergio y Arturo se suben a la mesa. El primero ofrece su polla a Helen para que la chupe; el segundo a Irene. El primero en derramar su semen es Sergio. Lo hace en la boca de Helen. Ella lo traga. Después le sigue Alguien en su coño; poco después Arturo, e inmediatamente después Jose Luís, en el interior de Irene. Los cuatro se apartan. Mientras Arturo y Sergio se bajan de la mesa, Jose Luís rodea con el brazo a Helen y la obliga tumbarse bocabajo. Irene se gira y dobla las piernas sobre la mesa, quedando la cara de Helen entre sus piernas. Ésta observa el semen que se desliza por el coño de Irene, surcando el ano hasta llegar a la mesa. Arturo se coloca encima de Helen y la penetra por detrás. Helen, mientras es sodomizada por Arturo, lame el semen que se derrama por el coño de Irene. Lo hace deslizando lentamente la lengua desde el ano hasta el clítoris, recogiendo todo el fluido con la lengua y tragándoselo después. Mientras Arturo arremete contra su culo, Helen siente la fricción de sus tetas contra la mesa, y el pequeño dolor que le provoca le resulta placentero. Al rato, Arturo se corre, se aparta y espera a que el salga el semen. Cuando lo hace, lo recoge con la mano y lo lleva a la boca de Irene para que lo chupe. Irene agarra a Helen por los brazos y estira de ella hacia arriba. Helen, mientras sube, pasea la lengua por su abdomen, por sus pechos, por su cuello, su barbilla... Ambas, con el gusto del semen en sus bocas, y sentadas sobre la mesa, se besan, intercambian jugos, frotan sus leguas, se succionan y muerden los labios, se abrazan, se acarician las nalgas, se pellizcan los pezones. Se dejan caer sobre la mesa, abrazadas, y continúan besándose apasionadamente. Sergio, que las observa junto a la mesa, comienza a masturbarse. Irene rodea a Helen con las piernas y frota su coño contra ésta. Sus pechos chocan entre si, retozan, se hunden, y sus pezones se rozan y se clavan. Arturo se coloca delante de ellas y les ofrece su polla para que la chupen. Irene la agarra y ambas comienzan a pasear sus lenguas por el miembro, rozándose entre ellas de vez en cuando. Jose Luís, absorto en el roce de sus coños, se lanza a frotarlos con un dedo, introduciéndolo en un agujero para luego sacarlo y meterlo en el otro. Con la otra mano se masturba. Arturo se corre; su semen mancha las caras de Irene y de Helen. Ambas dejan el miembro agotado y se lamen los rostros mutuamente. La escena decae. Son las cuatro y media de la madrugada. 4. Varios días más tarde Jose Luís pasea por una calle estrecha del casco antiguo de la ciudad. Lleva el teléfono en la mano. Cada pocos pasos se detiene, lo mira, resopla, frunce los labios, aprieta la mandíbula y continúa andando. De golpe oye un fuerte estruendo detrás suyo que le congela el corazón. Se gira sobresaltado. Tras él, en el mismo suelo que hace apenas dos segundos acaba de pisar, hay un enorme ventanal de madera recia con los cristales reventados. Jose Luís levanta la vista: una mujer se asoma por un hueco sin ventanal, en el tercer piso: se tapa la boca con la mano, llena de espanto. Jose Luís baja la vista y observa el enorme ventanal. Es muy antiguo; lo menos pesa veinte kilos, piensa, y vuelve a mirar a la señora, que continúa con el rostro desencajado. Jose Luís da media vuelta, mira el teléfono, suspira y, reanudando el paseo, marca el número de su novia. Irene y Sergio dialogan en un parque de la ciudad, cerca de la iglesia de Santa Maria. -¿Te corriste?- pregunta él. -Más o menos. -Uno o se corre o no se corre, pero más o menos… -Bueno; quiero decir que no fue muy intenso. ¿Y que ocurre si me corrí? ¿acaso no se trataba de eso? Tú bien te corriste, ¿no? Sergio se queda pensativo y no responde. Al rato dice: -No quiero volver a hacerlo. Me duele verte con otros hombres. Ella lo abraza y le susurra al oído. -¿Y con otras mujeres? Arturo se siente mal. Tumbado en la cama de su cuarto, sin nadie que lo acompañe, coge una moneda y la lanza débilmente hacia arriba. La moneda cae al suelo. Su historia acaba aquí: ha salido cruz. Helen se estira desnuda sobre la cama, con las piernas abiertas y dobladas. Su marido se tumba sobre ella y la penetra lentamente, con cuidado. El coño de Helen se va lubricando poco a poco, y cuando es penetrada por completo, el marido comienza un ritual de vaivenes, parecido al movimiento de un péndulo. Helen mira el techo, distraída, y deja escapar sofocados gemidos que se pierden en el hueco vacío de la habitación. Ahora reprime un bostezo. Su marido, ese hombre afable de actitud condescendiente, siempre dispuesto a todo, padre de su hijo, cariñoso, ese hombre que daría la vida por ella, "ese", se corre y la besa. -Te quiero- dice él. Ella le sonríe y le acaricia la mejilla. -Yo también. Alguien se sienta en el banco de un parque, cruza las piernas, abre una libreta y comienza a escribir:
"Los bigotes del gato." |
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